Rosarito amaneció con un frío refrescante el día de nuestra aventura al Cerro del Coronel, y aunque al principio hubo dudas por el clima, pronto nos dimos cuenta de que era la temperatura perfecta para subir la montaña. El frío hacía que el esfuerzo se sintiera mucho más placentero y llevadero, algo que contrasta con las veces en que el calor intenso hace más complicado el ascenso. A las 8 AM, un grupo diverso y vibrante de miembros de la comunidad LGBT+ se reunió, algunos por primera vez, para emprender este emocionante recorrido. Mochilas listas, sueros en mano y una buena dosis de nervios y emoción marcaron el inicio de nuestra travesía.

Desde el comienzo, se respiraba un espíritu de compañerismo único: risas nerviosas, saludos cálidos y los primeros bocadillos compartidos antes de partir. A medida que avanzábamos en el sendero, el frío se disipaba ligeramente y la energía de la comunidad comenzaba a brillar. Cada paso nos conectaba más con la naturaleza y con las historias de lucha y orgullo que compartíamos entre nosotros.

La primera cima nos regaló una vista imponente: el azul del océano abrazando las verdes mesetas de Rosarito. No podíamos dejar de maravillarnos ante la belleza que nos rodeaba. El camino continuó hacia una cueva que, además de su increíble vista, se convirtió en un espacio para descansar, compartir bocadillos y reflexionar sobre la fuerza de nuestra comunidad. Fue ahí donde reafirmamos que cada paso, por más difícil que sea, vale la pena.

El ascenso hacia la cima se volvió más desafiante, pero juntos, como equipo, logramos llegar. Y lo celebramos como mejor sabemos: con una fotografía en grupo, nuestra bandera LGBT+ ondeando al viento y una explosión de aplausos y risas. Incluso los demás visitantes del cerro nos aplaudieron y celebraron con nosotros, haciendo de ese momento algo verdaderamente especial.

No terminamos ahí. Escalamos un cerro cercano, nos deleitamos con las vistas y soñamos en grande: nuevas aventuras, nuevas actividades y, sobre todo, más espacios seguros y llenos de amor para nuestra comunidad. El regreso fue igual de emocionante: bajamos por un atajo que nos puso a prueba, entre risas, caídas y anécdotas que nos acompañarán por siempre.

De vuelta al punto de partida, compartimos sandwiches, descansamos y cerramos el día en Puerto Nuevo con un delicioso buffet que nos dejó satisfechos y con el corazón lleno. La experiencia no solo nos dejó recuerdos, sino un fuerte sentimiento de unión, orgullo y el deseo de seguir construyendo espacios para nuestra comunidad.

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